Mi imaginario: pandemia


Esto lo escribí para un concurso, en el que no fui elegida, pero, lo quise compartir, casi un mes que no escribo, al menos no aquí... han habido cambios, retrocesos y saltos inesperados, que creo, serán para bien, les dejo con lo escrito cuando inició esta pandemia. 

Despierto con dificultad, no sé si quiero café, una ducha o no levantarme de la cama. Suena mí móvil, es hora. Es hora de empezar la rutina, responder correos, videollamadas de trabajo. No, no lo quiero más. Quisiera poder quedarme aquí, ver pasar las horas desde mi ventana, ver el sol caer… pero, no. Debo empezar este día. 

Otro día más, veo mi móvil con mensajes, correos electrónicos… y yo sólo lo aviento a un lado, tomo mi libro 

Respiro, tomo mis zapatillas y comienzo a moverme. Realizo un poco de ejercicio, me fatigo, no por el movimiento, me fatiga estar aquí en mi sala de estar, me fatiga el no cambiar de lugar, estar aquí. No me malinterpretes, me encanta mi espacio, mi lugar, pero, ya, siento que no respiro, dejo el tapete de yoga de lado, hoy no, hoy esto no es para mí. 

Foto de Dorran en Pexels

Bebo un té caliente mientras aún veo como en el parque que se ve desde mi ventana, sigue la gente dando vueltas sin protección. Ya perdí la cuenta de lo días que llevo aquí, mirando sólo por mis ventanas. Quiero salir, pero ¿a qué, a qué debería salir? Tal vez a correr sin rumbo como ellos, a ver qué tan azul es el cielo hoy, o tal vez a ver cómo es el día para los demás allá afuera. 

Respiro, respiro hondo. Trato de sostenerme, de no irme de nuevo, no perderme en pensamientos absurdos, me repito, respira. 

Tomo una ducha, con agua no muy caliente, pero, tampoco fría, es curioso, ¿cómo se regula el agua? Preguntas como esa pasan todos los días por mi mente, preguntas absurdas. Antes, mis preguntas eran sobre el clima para saber cómo podría vestirme, hoy, me pregunto si alcanzaré a escuchar al perro del vecino de dos pisos abajo. 

Tomo mi ropa sin ganas de hacerlo, suena de nuevo el móvil, es hora de conectarse y yo, no he podido cambiar esta cara del asco después de dormir solo tres horas y ni siquiera fueron seguidas. Respiro, respiro de nuevo, me digo, esto va a pasar. 

Me conecto, es hora de tomar nota de los pendientes del día, y solo pienso en que estoy cansada, pasa la mañana entre tazas de café, agua, té y llego a mediodía sin tomar bocado, me doy cuenta que tengo hambre porque mi estómago no para de sonar, atraviesa el sonido y mi interlocutor me dice, es hora de comer, vamos, hablamos más tarde. 

Respiro, de verdad necesito respirar… respiro para no sentirme a ahogar. 

Es hora de abrir el refrigerador y darme cuenta que, aunque este se encuentra lleno, no hay anda que me apetezca, no lo sé, no quiero nada. Me siento en el sillón y veo de nuevo hacia la ventana, ahora, gente diferente camina alrededor del parque, gente que no piensa en que el contagio es real o que salir al parque tomando medidas pasará algo. 

¿Será prudente hacer deporte? 

Llega la tarde, termino el reporte del día y recuerdo un pollo congelado que puedo preparar, lo hago, trato de animarme y envío un vídeo cocinando a mis amigos, estos se emocionan y me doy cuenta que tal vez este encierro no sea tan malo. Todo termina, la llamada, la comida... todo. El aire, el aire también termina, no puedo respirar, no llega, no llega el aire. 

No sé si ver un rato la televisión, leer o ir de nuevo a mi cama, las horas han pasado y ni cuenta me he dado, veo de nuevo mi ventana y ya es de noche. Enciendo la televisión y decido iniciar una nueva serie, la veo y logra robar mi atención, ni si quiera supe a qué horas pasa el tiempo y ya es la una de la madrugada, debo irme a mi recámara. 

Lavo mi cara y dientes, respiro, me veo al espejo preguntándome si algún día las ojeras se irán, si algún día podré respirar de nuevo. 

Mi cama de nuevo, veo al techo, veo a mi móvil, a mi libro y sin pensarlo, ya son las tres de la madrugada, es el tiempo acechándome, quitándome respiro y sin notarlo caigo. 

6:20 am, suena mi alarma, un nuevo día… decido que será un día diferente, me levanto sin pensar, sin dudar y con alegría. Tomo mis zapatillas y reproduzco música, bailo, sonrío, grito, me muevo. Logro respirar, logro sentirme yo, de nuevo soy yo. Me siento dichosa, llena de vida, siento que lloro de felicidad. 

Tomo una ducha y sin darme cuenta ya me encuentro frente al ordenador en videollamadas, realizando mis reportes del día y bebiendo café, sin notar cuántas  tazas llevo, veo la hora, ya es mediodía, aún no me ataca las ganas de comer algo, sólo relleno mi taza. 

Hoy no he sentido esas ganas de tomar aire a bocanadas, escucho cómo mis vecinos de arriba suben las escaleras, por el ruido que hacen deben traer víveres, me distraigo, a lo lejos escucho una canción de Hombres G y tarareo, sin darme cuenta ya estoy bailando y riendo de nuevo, vuelvo a disfrutar. 

Llega la oscuridad, la noche, la rutina, la vida. De nuevo en cama, de nuevo a desear dormir, desear descansar. Tres y un cuarto de la madrugada y sigo despierta, dando vueltas, deseando poner mis pies sobre la arena de la playa, imaginando el olor de la playa y la sensación de mis pies sobre la arena… me duermo. 

6:20 am, de nuevo, apago la alarma, la apago y pienso, estoy harta. Duermo de nuevo 7:30 am, suena mi móvil, escucho su voz más no entiendo lo que dice… escucho, “conéctate” y sólo digo a mis adentros, ¡maldito cambio de hora! Me levanto y tomo mi ordenador, debo conectarme… debo, despertar. 

Me conecto, sin prender la cámara, evidentemente todos saben que continuaba dormida, por fortuna, justo en el momento en que inicia la junta mi jefe anuncia que se pospone una hora más, ya que lo han convocado a otra junta. Agradezco al cielo esa oportunidad. Debo ser honesta, festejé… Pocos son los festejos ahora.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Mis nuevas gafas

Llorar para sanar

Y ahora ¿por dónde empiezo?