La noche que te vi

Aquella noche pretendía que fuera una noche tranquila, caminaba sin rumbo, solo pensando en una solución, una razón, por qué debía seguir...

Te vi salir, vi como tus manos, tus piernas no paraban de expresar tu enojo y al escuchar la puerta de tu auto cerrar me quedó claro, todo había terminado. Encendiste tu auto y saliste disparado por la calle, sin rumbo, tal como yo. 

Empezó a llover, llegué a un pequeño café del centro a buscar refugio y sin darme cuenta,
frente a ese café, ahí estabas tu, sentado en tu auto, pegado a tu teléfono con la mirada perdida.

No sabía si acercarme a ti, pensar que esto era obra del destino y estaba escrito ahí, sin embargo, no me atreví, no pude. 

Cómo iba a acercarme a ti, a tu auto, ofrecerte mis brazos si ni siquiera conocías mi existencia. 
Cómo explicarte que mis brazos deseaban un abrazo tuyo y que mis labios añoraban rozar los tuyos. 
Simplemente me acobardé. 



Desde mi silla pude imaginarme toda una vida contigo, imaginarme que me acercaba con una taza de café y te decía que te podía escuchar, que te ofrecía mis brazos y que todo iba a mejorar, vi incluso toda una historia de amor pasar, pero, la verdad es que jamás me atrevería a acercarme.
En lo que acontecía toda esa historia por mi cabeza vi como un par de lagrimas caían de tus ojos, vi tus manos golpear el volante de tu auto, me quedé perpleja, no supe qué hacer. 

Fragmento de historias perdidas. 

-Ana

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